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Crónica de una muerte no tan anunciada.

Pocas veces la brisa de la vía al mar me ha golpeado haciendo un hueco en el pecho; era el destino de ese trayecto que recorría el que me cerraba la garganta. No parecía plausible la razón, no había respuesta para los porqués que entre gemidos de dolor y berridos de tristeza se decían. Faltaba llegar a esa sala para ver el féretro y notar que, para la desgracia de todos, la vida tiene final y que no existe mayor paradoja que esa.

Ves a todos darse el abrazo agrio de la realidad y entra a escena el arte de hacer silencio, que si bien las palabras ayudan, a la hora de un velorio son tan incómodas como un celular indiscreto que no deja de sonar. Debes saber cuándo tomar una mano y a quién; que no haga falta nuestra presencia, aunque lo que realmente importa es quien se va, la despedida.

Es, en las muertes no anunciadas, donde se ve el alma afligida, y tú te afliges por el afligido, y solo allí eres un “Jesús lloró” de Juan 11:35; un pequeño Cristo. Solo allí te pones en los pies del otro de verdad. 

Tiene que seguir la ceremonia del campo santo con una misa llena de palabras esperanzadoras casi risibles para los corazones consternados (pareciera a veces una burla hablar de una resurrección cuando alguien acaba de morir). De después, ir caminando tras un cajón que se lleva una parte de vida de cada uno de los que le lloran; ir en una carrera de la que no sales ileso y en las que nos toca participar cada tanto; caminata que nadie y todos quieren acabar.

Su final es cruel, peor que la muerte misma: es el momento de la aceptación. A donde llegas y esa tapa abierta revela lo ya sabido y donde el último adiós se derrama a cántaros. Los pájaros también lloran y el negro silencio se rompe para cortar con sus pedazos.  Es como si la arena echada encima, de a pocos, fuesen pequeñas puñaladas que hacen que una niña grite; “¡Mami, no me dejes!”, y una madre diga: “¡Adiós, hija mía!”. Allí notas, realmente notas, que muchas veces nos hemos llenado la mochila de lo innecesario, que no hay con qué comprar un ticket de más vida, -que la vida es vivible hasta que no-.

Los pájaros volverán a cantar cuando el ciclo se haya cerrado y vuelto a comenzar y, quizás, también cuando nosotros estemos preparados para volver reír. 

Quienes ya vivieron, hoy se hacen eternos gracias a las sonrisas que regalaron a todos los que amaba.

Volveremos a reír. Volverán a reír. 

                                                                    A la memoria de María Hernández. 

Tags: crónic
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(Fuente: secxually, vía only-drawings)

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that dog is more photogenic than most teenager girls like it makes me so happy but at the same time so anGRY WHY IS IT SO PRETTY

because its happy

(Fuente: from89, vía misironias)

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"A ti te quiero con palabras que no yacen en algún vocabulario; por eso te desdigo y te digo con mis dedos en tu boca cómo, y cuánto, y hasta dónde te quiero. Hablarlo en la infinidad de un beso."

— Isabel. 27.02.14

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Lejano.

-Que adelgaza y no es tu ausencia,
Y este vacío que me deja tu nombre, es una lejanía que me deprava los sueños.
Que en la muerte de este día, tu frío de soledad, me deje descansar-.

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«¡Solo sé amar así, hijo de puta!», le grité al mensajero que me había mirado mal por besarte sin remilgos en plena calle; «así es la gente», me dijiste, pero ya me había aburrido de que la gente fuese así.
Pensé en que tal vez les hace falta salir desnudos a la calle, para que se vieran, para que se morbosearan, para que se supieran mortales.
¿Qué de malo puede haber en joderse amando? Mi mamá me lo enseñó así, dando todo, incluso lo que no; pero esta gente no lo entiende y quizá nunca lo haga. Quizá unas copas de vino, y en definitiva los desnudos, les servirían. Puede que les tenga fe aún, aunque no tanto como a ti, querida, que podrías ahogarme en la mierda y creería que es el paraíso.
A alguien tengo que entregarle el alma, a alguien tengo que amar con cada pedazo de la -otra piel- y no será el «qué dirán» lo que me lo impida. Fue allí cuando decidí que les enseñaría lo que me enseñaron: a amar; entonces me desnudé y les mostré cómo ser humanos.

«¡Solo sé amar así, hijo de puta!», le grité al mensajero que me había mirado mal por besarte sin remilgos en plena calle; «así es la gente», me dijiste, pero ya me había aburrido de que la gente fuese así.
Pensé en que tal vez les hace falta salir desnudos a la calle, para que se vieran, para que se morbosearan, para que se supieran mortales.
¿Qué de malo puede haber en joderse amando? Mi mamá me lo enseñó así, dando todo, incluso lo que no; pero esta gente no lo entiende y quizá nunca lo haga. Quizá unas copas de vino, y en definitiva los desnudos, les servirían. Puede que les tenga fe aún, aunque no tanto como a ti, querida, que podrías ahogarme en la mierda y creería que es el paraíso.
A alguien tengo que entregarle el alma, a alguien tengo que amar con cada pedazo de la -otra piel- y no será el «qué dirán» lo que me lo impida. Fue allí cuando decidí que les enseñaría lo que me enseñaron: a amar; entonces me desnudé y les mostré cómo ser humanos.

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Te miré, sí, lo hice para que recordaras, para que me recordaras indómita, como la mujer que no hizo lo que quisiste. «Soy más que un objeto», te dije, convencida de que tal vez, por ésta vez, serías diferente, pero al ver tu terquedad no pude hacer más que pensar en mí y no tener más contemplaciones de las que había tenido antes. 
Fueron muchos los años en que abnegada te amé, pero me aburrí de ser quien sufría, de ser quien no era feliz. 
Tantas veces me dijeron que no me merecías y tenían razón, que era hermosa, que era como la del titanic pero rubia, que era perfecta para modelar allá en París, que estaba perdiendo el tiempo y era verdad, pero nunca les creí.
«Mírame por última vez, bésame en la despedida», me dijiste y supe que me habías creído, que no había más que hacer, que todo el tiempo en que te amé no viste que mis ojos te miraban y que mi boca solo pronunciaba tu nombre con fe.
Nunca te diste cuenta que era devota a ti.

Te miré, sí, lo hice para que recordaras, para que me recordaras indómita, como la mujer que no hizo lo que quisiste. «Soy más que un objeto», te dije, convencida de que tal vez, por ésta vez, serías diferente, pero al ver tu terquedad no pude hacer más que pensar en mí y no tener más contemplaciones de las que había tenido antes.
Fueron muchos los años en que abnegada te amé, pero me aburrí de ser quien sufría, de ser quien no era feliz.
Tantas veces me dijeron que no me merecías y tenían razón, que era hermosa, que era como la del titanic pero rubia, que era perfecta para modelar allá en París, que estaba perdiendo el tiempo y era verdad, pero nunca les creí.
«Mírame por última vez, bésame en la despedida», me dijiste y supe que me habías creído, que no había más que hacer, que todo el tiempo en que te amé no viste que mis ojos te miraban y que mi boca solo pronunciaba tu nombre con fe.
Nunca te diste cuenta que era devota a ti.

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Supo que era el fin.

Tenía algunos años encima, pero todavía le temía a la oscuridad y, a decir verdad, con el paso por la vida adquirió más de un miedo: al ir a dormir ajustaba bien la puerta para que no entrara ningún fantasma, pero dejaba la ventana un poquito abierta para que salieran los demonios atrapados, si es que los había. Nunca miraba debajo de la cama, por si los monstruos y creía que las migajas de comida en su cuarto atraerían a algún tipo de hormigas mutantes por la noche mientras dormía y la llevarían lejos.
No había nadie que creyera que eso pasaba de puertas para adentro, porque parecía que sacaba de la fuerza con que hombres le habían roto el corazón para escribir; aunque a veces sus personajes se salían de las líneas y tocaban a la puerta.
Como en ése enero en que presentía su futuro mientras veía el -vacío- programa de las Kardashians en su habitación, y era cierto; llamó el hombre de sus sueños por la ventana: vendiendo libros casa por casa como antes con las enciclopedias. Aquél simpático hombre le hablaba de Gabo y ella lo escuchó, le sonrió y fue extrañamente feliz; nadie lo supo, pero terminaron hablando de una cita para esa noche.
«¿¡Qué estoy haciendo!?», se decía mientras pensaba qué ponerse, qué no, qué comer, qué no. Y allí estaba, emocionada por ver a quien apenas había visto, con miedo a todo.
«Miedo a la calle, a la ciudad, a la gente, a la comida, miedo al predicador, a los detractores, a la Biblia, miedo al miedo y miedo a no tenerlo». Pero su mayor temor era no cumplir sus ritos. Así que esa tarde, luego de darse una ducha, comenzó la ceremonia ungiendo su cuerpo en crema corporal -para pieles delicadas- y fue interrumpida por lo que menos esperaba, con la sorpresa de aparecer de pronto al lado del Cristo que terminó más sorprendido que ella por la algarabía de preguntas: «¿¡Y mi crema!? ¿¡En el cielo hay crema!?», escuchaba sin responder, y ella que preguntaba sin respuesta supo que ése era el fin.